Si ya viste el inicio de esta historia, tu curiosidad por saber cómo terminó te trajo hasta aquí, y estás en el lugar indicado.
¿Qué pasa cuando la persona en quien más confías se convierte en la que te traiciona?
Don Ramiro lo aprendió de la manera más dura, después de sesenta años guardando un secreto bajo las maderas de su rancho.
En el valle de San Jerónimo, un pueblo pequeño donde todos se conocen y las noticias vuelan más rápido que el viento, vivía un hombre que había construido su vida con el sudor de su frente. Don Ramiro Álvarez tenía setenta y dos años, las manos curtidas por décadas de trabajo en el campo y una mirada que ya no brillaba como antes.
Su rancho, El Ocotillo, era todo lo que le quedaba de una vida entera de sacrificios.
Las paredes de adobe guardaban historias que nadie más conocía. Los corrales vacíos, el pozo seco, la troje donde antes se almacenaba el maíz de toda la temporada. Todo eso era el testimonio silencioso de tiempos mejores que ya no volverían.
Don Ramiro enviudó hace ocho años. Su esposa, Doña Esperanza, se fue un martes de octubre mientras dormía, sin dolor, sin despedida, dejándolo solo en esa casa grande que de pronto se volvió enorme.
Sus hijos se habían ido al norte, primero uno, luego el otro, buscando lo que el campo ya no les daba.
Al principio llamaban cada semana. Después cada mes. Luego solo en Navidad, y ni eso.
Así que Don Ramiro se quedó con lo único que no se había ido: su tierra, sus recuerdos y Genaro.
Genaro llegó al rancho cuando tenía veintitrés años, huyendo de un pueblo donde no tenía nada. Don Ramiro lo recibió sin hacer preguntas, le dio trabajo, comida y un lugar donde dormir. Le enseñó todo lo que sabía sobre el campo, sobre los animales, sobre cómo leer el cielo para saber cuándo venía la lluvia.
Durante quince años, Genaro fue más que un empleado.
Era el hombre que lo acompañaba a revisar las cercas al amanecer, el que le preparaba café cuando Don Ramiro amanecía con dolor en las rodillas, el que escuchaba sus historias antiguas sin quejarse aunque ya las hubiera oído mil veces.
Don Ramiro lo quería como al hijo que se había ido.
Y por eso, una noche de diciembre, cuando el frío calaba hasta los huesos, decidió contarle su secreto más guardado.
Lo que las maderas escondían
Aquella noche, Genaro notó que el viejo estaba más callado que de costumbre. Cenaron en silencio, como muchas veces, pero algo flotaba en el aire. Don Ramiro miraba hacia la ventana, hacia la oscuridad del campo, como si estuviera viendo algo que solo él podía ver.
"Genaro, necesito decirte algo", dijo finalmente, dejando la taza de café sobre la mesa.
Genaro levantó la vista. Conocía ese tono. Era el mismo que usaba cuando iba a contar algo importante, algo que había estado guardando por mucho tiempo.
"Usted dirá, patrón."
Don Ramiro suspiró. Se levantó con dificultad, apoyándose en el respaldo de la silla, y caminó hacia la esquina del cuarto donde estaba su viejo baúl de madera. Genaro lo observó sin decir nada.
El viejo se agachó, movió el baúl con esfuerzo y señaló una de las tablas del piso.
"¿Ves esta madera? La puse yo mismo hace más de cuarenta años."
Genaro asintió, sin entender.
"Debajo está todo lo que he juntado en mi vida. Todo lo que no me robaron, todo lo que no se fue con mis hijos, todo lo que no gasté en doctores cuando se enfermó mi Esperanza."
Hizo una pausa, como si las palabras le pesaran.
"Hay dinero ahí abajo, Genaro. Mucho dinero. Lo suficiente para que quien lo encuentre no tenga que trabajar nunca más en su vida."
Genaro sintió que el corazón le daba un vuelco.
No era codicia lo que sintió en ese momento. Fue sorpresa, incredulidad, y algo más que no supo nombrar. Después de tantos años de vivir casi en la pobreza, de ver a Don Ramiro racionar cada peso, de escucharlo quejarse de que la pensión no alcanzaba, ahora resultaba que había un tesoro escondido bajo sus pies.
"¿Y por qué me lo dice, patrón?"
Don Ramiro lo miró con una intensidad que Genaro nunca había visto.
"Porque estoy viejo. Porque cualquier día me voy a ir como se fue mi Esperanza, sin avisar. Y porque tú eres lo único que tengo."
Se acercó y puso una mano arrugada sobre el hombro de Genaro.
"Quiero que sepas dónde está. Para que si algo me pasa, tú puedas disponer de eso. Para que no se lo lleven esos que solo vienen cuando huelen que hay algo que heredar."
Genaro sintió un nudo en la garganta.
Nadie le había confiado algo así en toda su vida. Nadie le había dicho "tú eres lo único que tengo". Estuvo a punto de llorar, pero se aguantó. Los hombres como él no lloraban, y menos frente a su patrón.
"Gracias, Don Ramiro. No se preocupe. Yo voy a cuidar de esto como si fuera mío."
El viejo sonrió. Una sonrisa cansada, de esas que se dibujan más por alivio que por alegría.
"Ya lo sé, muchacho. Por eso te lo conté."
Esa noche, Genaro no pudo dormir.
Dio vueltas en su catre, mirando al techo de lámina, pensando en lo que acababa de escuchar. Dinero. Mucho dinero. Debajo de una tabla que él mismo había pisado cientos de veces sin saber que sostenía una fortuna.
Se imaginó lo que podría hacer con ese dinero.
Comprar una casa en el pueblo. Mandar a su madre enferma a un buen doctor. Poner un negocio. Dejar de ser peón para siempre.
Sacudió la cabeza, avergonzado.
Don Ramiro le había confiado su secreto. Confiado en él. No podía traicionarlo con pensamientos así. Era un hombre de palabra, un hombre honrado, un hombre que le debía todo lo que era a ese viejo.
Pero los pensamientos no se van solo porque uno quiera.
Siguieron ahí, como una semilla que alguien planta sin darse cuenta y que luego, sin permiso, empieza a crecer.
Pasaron los días. Don Ramiro siguió con su rutina de siempre: levantarse al amanecer, revisar los animales, quejarse del precio del maíz, tomar su café por las tardes. Pero ahora, cada vez que caminaba sobre esa tabla del piso, Genaro sentía algo distinto.
Una descarga en el pecho. Una ansiedad que no podía controlar.
Empezó a mirar al viejo con otros ojos. Ya no veía al hombre que lo había rescatado de la nada. Veía al viejo que se iba a morir pronto, dejando todo ese dinero sin dueño, sin testamento, sin nada.
¿A quién se lo iba a dejar? ¿A los hijos que ni lo llamaban? ¿Al gobierno? ¿A nadie?
Genaro empezó a hacer cuentas.
Don Ramiro tenía setenta y dos años. Con suerte, le quedaban cinco o seis. A veces menos. A veces se iba uno de un día para otro, como se fue Doña Esperanza.
Si el viejo se moría sin dejar nada escrito, ¿qué pasaría con el dinero?
Nadie sabría que estaba ahí. Nadie excepto él.
Y esa idea, esa maldita idea, se le metió en la cabeza como un gusano.
Empezó a evitar estar solo con Don Ramiro. Le daban miedo sus propias intenciones. Temía que en cualquier momento, en una conversación casual, se le saliera algo que lo delatara.
El viejo, mientras tanto, parecía más tranquilo que nunca.
Como si haberse quitado el peso del secreto lo hubiera aliviado. Hablaba más, se reía más, contaba historias que hacía años no mencionaba. Una vez le dijo a Genaro:
"Ahora ya puedo morirme tranquilo, muchacho. Sé que alguien honesto sabe lo que hay aquí."
Genaro sintió que el estómago se le cerraba.
La visita inesperada
Un jueves por la tarde, cuando el sol caía sobre el valle y el aire empezaba a enfriarse, llegó una camioneta al rancho.
Genaro estaba reparando una cerca cuando escuchó el motor. Se enderezó, limpiándose el sudor de la frente, y vio al vehículo estacionarse frente a la casa.
De la camioneta bajó un hombre joven, de unos treinta y cinco años, vestido con ropa que no era de campo. Pantalón de vestir, camisa planchada, zapatos que se hundían en la tierra.
Don Ramiro salió a recibirlo.
"¿Ramiro Álvarez?", preguntó el hombre.
"Sí, soy yo."
El hombre extendió la mano.
"Licenciado Morales. Vengo de parte de su hijo, Rubén."
Genaro, desde donde estaba, vio cómo el rostro de Don Ramiro se transformaba. Los ojos se le achicaron, la boca se le apretó en una línea recta.
"¿Mi hijo? ¿Qué quiere mi hijo?"
El licenciado bajó la voz, pero Genaro alcanzó a escuchar algo sobre "documentos" y "firma" y "los terrenos".
Don Ramiro se cruzó de brazos.
"Dígale a mi hijo que si quiere hablar conmigo, que venga él mismo. Que no mande a nadie."
"Señor Álvarez, entiendo su molestia, pero la situación es complicada. Su hijo tiene interés en vender la propiedad, y para eso necesita su firma. Si se niega, esto podría irse a juicio."
Genaro vio la rabia en los ojos del viejo.
"Dígame una cosa, licenciado. ¿Mi hijo sabe que estoy vivo?"
El licenciado se quedó callado.
"¿Sabe que tengo setenta y dos años? ¿Sabe que su madre murió hace ocho y que ni siquiera vino al funeral?"
"Señor…"
"¿Sabe que he estado solo todo este tiempo, esperando una llamada que nunca llega, una carta que nunca escribe?"
El licenciado bajó la mirada.
"Contéstele a mi hijo. Dígale que mientras yo tenga vida, esta tierra no se vende. Y que si quiere algo, que venga a pedirlo de frente, como hombre."
Dio media vuelta y entró a la casa.
El licenciado se quedó parado un momento, incómodo. Luego, sin decir nada más, subió a su camioneta y se fue, dejando una nube de polvo en el camino.
Esa noche, Don Ramiro no cenó.
Genaro lo encontró sentado en el porche, mirando las estrellas, con una botella de aguardiente a medio terminar.
"¿Patrón?"
"Siéntate, muchacho."
Genaro obedeció.
"¿Sabes qué es lo que más me duele?", dijo Don Ramiro sin mirarlo. "No es que quieran mi tierra. Es que ni siquiera vinieron ellos. Mandaron a un desconocido. Ni el valor de verme la cara tuvieron."
Bebió un trago.
"Toda mi vida trabajé para ellos. Me rompí el lomo en el campo para que tuvieran qué comer, para que pudieran estudiar, para que se fueran al norte a tener una vida mejor. Y esto es lo que recibo."
Genaro no supo qué decir.
"Por eso te conté lo de la madera, Genaro. Porque tú sí has estado conmigo. Tú sí te has preocupado. Tú eres el único que se ha quedado."
Se quedaron callados un rato largo.
Entonces Don Ramiro dijo algo que a Genaro le heló la sangre.
"Mañana voy a hacer un testamento. Voy a dejar todo a tu nombre."
Genaro se quedó paralizado.
"¿Qué?"
"Tú me has cuidado todos estos años. Tú te mereces esto, no ellos. Mañana mismo voy al notario."
"Patrón, yo no puedo aceptar eso. Su familia…"
"Mi familia me dio la espalda. Tú no."
Genaro sintió un calor en el pecho, pero no era gratitud. Era otra cosa. Era la voz que le susurraba que si esto era posible, entonces ya no necesitaba esperar a que el viejo se muriera.
Podía tener todo. El rancho, el dinero, la vida que siempre había querido.
Solo necesitaba que Don Ramiro cumpliera su promesa.
Pero los días pasaron y Don Ramiro no fue al notario.
Decía que había mucho trabajo, que mejor la próxima semana, que no había prisa porque todavía se sentía bien de salud. Y cada vez que postergaba, Genaro sentía una punzada de frustración que iba creciendo como una brasa.
Empezó a notar cosas.
Don Ramiro hablaba de llamar a sus hijos. De intentar reconciliarse. De que, a fin de cuentas, eran su sangre y quizás debería darles otra oportunidad.
Genaro escuchaba esas palabras con una sonrisa en los labios y un nudo en el estómago.
Si el viejo se reconciliaba con sus hijos, todo se iría al carajo. El testamento no se haría, o peor, sí se haría pero a favor de ellos. Y él, Genaro, se quedaría con las manos vacías después de años de servicio.
La semilla que había plantado esa noche seguía creciendo.
Una tarde, mientras limpiaba el establo, Genaro escuchó a Don Ramiro hablando por teléfono.
"Rubén, hijo… sí, soy yo. Ya sé que hace mucho no hablamos… quiero que vengas… hay algo que necesito decirte en persona…"
Genaro sintió que la sangre se le helaba.
El viejo estaba llamando a su hijo. Iba a reconciliarse. Iba a contarle lo del dinero.
Esa noche, Genaro no pudo dormir.
Se levantó varias veces, caminó por los corrales, miró hacia la casa donde Don Ramiro dormía. La luna iluminaba el patio, y todo estaba en silencio, como si el mundo entero estuviera esperando algo.
En su cabeza, las ideas se atropellaban.
Podía hablar con el viejo. Explicarle que su hijo solo venía por el dinero, que no lo quería de verdad, que él era el único que había estado ahí. Podía convencerlo de que hiciera el testamento antes de que llegara Rubén.
Pero también sabía que Don Ramiro podía no escucharlo. Podía enojarse, podía darse cuenta de que Genaro estaba pensando más en él mismo que en su patrón.
Y entonces sí que lo perdería todo.
Fue en ese momento, parado bajo las estrellas con el frío calándole los huesos, cuando Genaro tomó una decisión.
Una decisión que cambiaría todo.
La noche que todo cambió
Al día siguiente, Don Ramiro amaneció con fiebre.
Genaro lo encontró en su cama, pálido, temblando bajo las cobijas. El viejo apenas podía hablar.
"Genaro… me siento mal…"
Genaro le puso la mano en la frente. Estaba ardiendo.
"Voy a llamar al doctor, patrón."
"No… no hay dinero para eso… ya me pasará…"
Pero Genaro insistió.
Fue al pueblo, buscó al doctor Ramírez, un hombre mayor que conocía a Don Ramiro desde hacía años. Lo trajo al rancho en su propio carro.
El doctor lo revisó, frunció el ceño, hizo preguntas. Al final, salió al pasillo con Genaro.
"Es una infección fuerte. A su edad, estas cosas son delicadas. Necesita medicamento, y pronto."
"¿Qué tan pronto?"
"Cuanto antes mejor. Si no se trata, puede complicarse en cuestión de días."
Genaro asintió.
El doctor le entregó una receta y se fue, prometiendo volver en un par de días.
Genaro se quedó con el papel en la mano, mirando la puerta cerrada del cuarto de Don Ramiro.
El medicamento costaba dinero. Dinero que Don Ramiro supuestamente no tenía. Pero Genaro sabía dónde estaba.
Bajo esa tabla. La madera que él mismo había pisado mil veces.
Solo tenía que levantar una tabla, tomar lo necesario, y cerrarla de nuevo. El viejo nunca lo sabría. Era para su propio bien, ¿no? Para comprar su medicina.
Pero Genaro no se movió.
Se quedó sentado en la cocina, con la receta en la mano, pensando.
Si Don Ramiro moría ahora, antes de hablar con su hijo, antes de hacer el testamento, todo quedaría en el aire. Los hijos vendrían, buscarían papeles, no encontrarían nada. Y él, Genaro, podría tomar el dinero y desaparecer.
Nadie sabría nunca lo que había pasado.
Nadie excepto él.
Se levantó. Caminó hacia el cuarto de Don Ramiro. Abrió la puerta con cuidado.
El viejo dormía, o estaba inconsciente, con la respiración agitada y el sudor corriendo por su frente. Parecía más pequeño que nunca, más frágil, más viejo.
"Patrón", susurró Genaro.
Don Ramiro abrió los ojos, apenas.
"Genaro… estás aquí…"
"Sí, patrón. Estoy aquí."
"El dinero… si me pasa algo… es tuyo… tú sabes dónde está…"
Genaro sintió que se le cerraba la garganta.
"Sí, patrón. Yo sé."
Don Ramiro cerró los ojos de nuevo, con una sonrisa débil en los labios.
Genaro se quedó mirándolo un momento más. Luego salió del cuarto y cerró la puerta.
Y esa noche, en lugar de ir al pueblo por la medicina, se sentó en la oscuridad de la cocina a esperar.
No hizo nada.
Dejó que la fiebre siguiera su curso, que la infección avanzara, que el cuerpo del viejo se apagara poco a poco. Cada hora que pasaba se decía a sí mismo que mañana iría, que todavía había tiempo, que el doctor había dicho "un par de días".
Pero el mañana nunca llegó.
Al tercer día, cuando el sol empezaba a asomarse por el horizonte, Don Ramiro Álvarez dejó de respirar.
Genaro estaba ahí, sentado junto a su cama, sosteniéndole la mano.
Lo supo en el momento exacto. El pecho dejó de subir y bajar. Los dedos se pusieron fríos. La boca quedó entreabierta, como si todavía tuviera algo que decir.
Genaro se levantó.
Cerró los ojos del viejo con dos dedos.
Luego fue a la esquina del cuarto, movió el baúl y levantó la tabla.
Debajo había una caja de metal, oxidada por los años. La abrió con manos temblorosas.
Adentro estaba todo.
Fajos de billetes, algunos tan viejos que ya no circulaban. Monedas de plata envueltas en tela. Un sobre con documentos. Una carta escrita a mano, con la letra temblorosa de Don Ramiro.
Genaro tomó la carta y la leyó.
"Para quien encuentre esto: si estás leyendo esto, es porque yo ya no estoy. Todo lo que hay aquí es para Genaro, mi empleado y amigo. Él ha sido el único que se quedó conmigo cuando todos se fueron. Que Dios lo bendiga y que este dinero le sirva para tener la vida que se merece."
Genaro rompió en llanto.
Lloró como no había llorado en años, sentado en el piso de tierra, con la carta en las manos y el cuerpo de Don Ramiro a unos metros de distancia.
Lloró de dolor, de culpa, de rabia contra sí mismo.
Porque en ese momento, con la carta en las manos, entendió lo que había hecho.
Don Ramiro le había confiado su secreto porque confiaba en él. Le había dicho que era lo único que tenía. Le había prometido dejarle todo, no por obligación, sino porque lo quería como a un hijo.
Y él, Genaro, lo había dejado morir.
No había ido por la medicina. No había llamado al doctor. No había hecho nada.
Solo había esperado.
Y ahora tenía el dinero en las manos, pero no podía disfrutarlo. Porque cada billete estaba manchado con la sangre de un hombre bueno que había confiado en él.
Guardó todo de nuevo en la caja. Cerró la tabla. Movió el baúl a su lugar.
Luego salió de la casa y caminó hacia el pueblo.
La confesión
El sol ya estaba alto cuando Genaro llegó a la comandancia.
El sargento Rodríguez, un hombre que conocía a Don Ramiro desde hacía años, lo vio entrar con el rostro desencajado.
"Genaro, ¿qué pasó? ¿Está bien Don Ramiro?"
Genaro negó con la cabeza.
"Se murió, sargento."
El sargento se levantó de inmediato.
"¿Cómo? ¿Cuándo?"
"Hace unas horas. Tenía fiebre, una infección. No lo llevé al doctor."
El sargento lo miró con extrañeza.
"¿No lo llevaste? ¿Por qué?"
Genaro sintió que las palabras le pesaban como piedras.
"Porque quería el dinero, sargento."
El silencio que siguió fue peor que cualquier grito.
"¿Qué dinero?"
"El que tenía escondido bajo las maderas de su casa. Me dijo dónde estaba. Me dijo que era mío. Y yo…"
Se le quebró la voz.
"Yo lo dejé morir para quedármelo."
El sargento lo miró largo rato. Luego llamó a dos agentes.
"Lleven a este hombre a declarar. Y manden una patrulla al rancho El Ocotillo."
Genaro no opuso resistencia.
Mientras lo llevaban, miró por la ventana de la comandancia hacia las montañas que rodeaban el valle. Ahí estaba el rancho, pequeño a lo lejos, con su cerca desvencijada y su troje vacía.
El lugar donde había vivido quince años.
El lugar donde había sido feliz.
El lugar donde había matado a un hombre sin tocarlo.
Los hijos de Don Ramiro llegaron al día siguiente.
Rubén, el mayor, bajó del avión en la ciudad y manejó cuatro horas hasta el pueblo. Su hermano menor, Andrés, llegó esa misma noche.
Cuando entraron al rancho, encontraron todo tal como Genaro lo había dejado. La cama donde murió Don Ramiro, las cobijas revueltas, la taza de café a medio terminar en la mesa.
El sargento les mostró la caja que habían encontrado bajo las maderas.
Rubén la abrió con manos temblorosas.
Adentro estaba el dinero, los documentos, y la carta.
La leyó en voz alta, frente a su hermano y el sargento.
"Para quien encuentre esto…"
Cuando terminó, se quedó callado un largo rato.
Andrés miraba al piso, con los ojos húmedos.
"¿Sabes qué es lo que más me duele?", dijo Rubén finalmente. "No es el dinero. No son los documentos. Es saber que él estuvo aquí, solo, todos estos años. Y que nunca vinimos."
Andrés asintió sin hablar.
"Y que el único que estuvo con él fue ese hombre. El que lo dejó morir."
Guardaron todo de nuevo en la caja. La sellaron con cinta y la entregaron al sargento como evidencia.
Pero antes de cerrarla, Rubén sacó la carta.
"Esta me la quedo yo", dijo. "Para acordarme de lo que perdí."
El juicio contra Genaro fue corto.
No hubo jurado, no hubo grandes abogados, no hubo cámaras de televisión. Solo un juez, un fiscal, un defensor de oficio y un hombre que se declaró culpable desde el primer día.
Genaro escuchó la sentencia con la mirada baja.
Doce años de prisión por homicidio en grado de indiferencia, más cinco años por robo agravado. En total, diecisiete años.
Cuando el juez preguntó si tenía algo que decir, Genaro se levantó.
"Sí, señor juez."
Se giró hacia donde estaban Rubén y Andrés, sentados en la primera fila.
"Les pido perdón. No espero que me lo den, porque yo no me lo doy a mí mismo. Pero quería que supieran que su papá fue bueno conmigo. El mejor hombre que he conocido. Y yo le pagué con la peor traición."
Hizo una pausa.
"Ojalá algún día puedan olvidar lo que hice. No por mí, sino para que puedan recordarlo a él sin que mi sombra les arruine la memoria."
Rubén lo miró sin expresión.
Andrés bajó la cabeza.
El juez dio por terminada la audiencia.
Genaro pasó los siguientes años en la cárcel de la capital del estado, trabajando en el taller de carpintería, haciendo muebles que nunca vería, rezando cada noche por el alma de Don Ramiro y por la suya propia.
Nunca recibió una carta. Nunca recibió una visita.
Cuando salió, a los cincuenta y ocho años, ya no era el mismo hombre.
Se fue del estado. Nadie supo a dónde.
Algunos dicen que se fue al norte, a buscar trabajo en los campos, a empezar de nuevo. Otros dicen que se metió a un monasterio, a expiar sus culpas. Otros más dicen que simplemente desapareció, que se perdió en el camino, que nunca llegó a ningún lado.
Pero lo que todos saben, lo que se sigue contando en el valle de San Jerónimo, es la historia de Don Ramiro y su tesoro escondido.
La historia del viejo que confió su secreto al hombre equivocado.
Y la historia de ese hombre, que tuvo todo en sus manos y lo perdió por no saber esperar, por no saber agradecer, por no saber que el verdadero tesoro no estaba bajo las maderas, sino en la confianza de un viejo que lo quería como a un hijo.
Rubén y Andrés nunca vendieron el rancho.
Lo arreglaron, pusieron una placa en la entrada con el nombre de su padre, y cada año, en el aniversario de su muerte, van a dejar flores en el pequeño cementerio del pueblo.
La caja con el dinero la donaron a la iglesia.
El cura, un hombre joven que llegó al pueblo hace unos años, la usó para construir un comedor para los niños del valle.
Y en la placa del comedor, escrita con letras sencillas, está la frase que Don Ramiro dejó en su carta:
"Que este dinero le sirva para tener la vida que se merece."
Nadie sabe si Genaro alguna vez supo lo que pasó con el dinero. Nadie sabe si supo que su traición terminó alimentando a niños hambrientos, que su pecado se convirtió en bendición para otros.
Pero en el valle, cuando alguien pregunta por qué el comedor lleva ese nombre, los viejos cuentan la historia.
La historia del rancho El Ocotillo.
La historia del dinero bajo las maderas.
Y la historia del hombre que lo dejó todo por la ambición.
Porque al final, siempre es la misma lección la que queda flotando en el aire, como el polvo de los caminos:
El dinero que se consigue con traición nunca da felicidad. Y la confianza de un hombre bueno vale más que todos los tesoros del mundo.