La moto vieja de Juan y el vestido azul que Dora no se puso

La escena que viste tenía una continuación, y aquí está el momento exacto en que todo cambia de lugar.

La primera en notar que algo raro pasaba esa tarde fue Marcela, la compañera de banco de Dora, que estaba sentada en las gradas del estacionamiento de la universidad comiéndose un pan con queso cuando vio entrar aquella moto por la rampa.

No era una moto cualquiera. Era una de esas motos viejas, de esas que se ven más en los barrios que en las puertas de una facultad.

Venía sucia, con barro seco en las llantas y una bolsa de mercado amarrada con cabuya en la parrilla trasera.

Y encima de ella venía Juan.

Juan el de Dora. El que llevaba dos años esperándola a la salida, el que siempre se bajaba primero para ayudarle con la mochila, el que le alcanzaba el casco con las dos manos como si le entregara una joya.

Marcela se limpió la boca con la manga y sacó el celular.

Esto había que verlo de cerca.

Lo que Juan no sabía esa tarde

Juan había salido de su casa a las dos de la tarde, después de almorzar arroz con huevo y de discutir con su mamá por lo mismo de siempre.

Su mamá le decía que no fuera a esa universidad, que esa muchacha no era para él, que se estaba humillando.

Juan no le contestaba. Se ponía la chaqueta, agarraba el casco y se iba.

La moto era de su papá, que la había comprado usada hacía nueve años y la había usado para trabajar hasta que le falló la rodilla.

Después de eso la moto quedó guardada en el patio, tapada con un plástico, hasta que Juan la resucitó a los dieciséis con un curso de YouTube y las manos de un vecino mecánico.

Para Juan esa moto no era una moto vieja.

Era la única forma que tenía de llegar.

No tenía carro, no tenía moto nueva, no tenía plata para un Uber todos los días, ni siquiera para uno de vez en cuando.

Tenía la moto de su papá, un casco prestado y unas ganas enormes de pasar cinco minutos al lado de Dora.

Y con eso se presentaba cada tarde.

Sin falta.

Sin excusas.

Sin pedir nada a cambio.

Ese día, además, llevaba algo en el bolsillo de la chaqueta.

Un papelito doblado cuatro veces, con la letra apretada que usaba cuando escribía cosas importantes.

Lo había reescrito tres veces la noche anterior.

En el papelito le preguntaba a Dora si quería ser su novia de verdad, para presentarla en su casa, para que conociera a su mamá, para dejar de verse a escondidas en la esquina como dos adolescentes con miedo.

Juan estaba decidido.

Ese día le entregaba el papelito.

Dora y el vestido azul que no se puso

Dora había llegado a la universidad esa mañana con la cabeza en otra parte.

La semana anterior había conocido a Andrés, un muchacho de otra facultad que llegaba en una moto nueva, negra, brillante, con luces LED y un escape que sonaba diferente al de todas las demás.

Andrés la había invitado a salir el viernes.

Le había dicho que la pasaba a buscar, que la llevaba a comer a un sitio bonito, que no se preocupara por nada.

Dora no le dijo que sí de una, pero tampoco le dijo que no.

Guardó el número.

Empezó a responderle los mensajes.

Y cuando Marcela le preguntó si Juan sabía algo, Dora hizo una mueca y le cambió el tema.

Esa mañana, Dora había abierto su clóset y se había quedado parada un rato largo frente al vestido azul.

Era el vestido que Juan le había dicho una vez que le quedaba bonito.

Se lo había dicho con la voz bajita, como si le diera pena decirlo en voz alta.

Dora estiró la mano para sacarlo.

Y después la bajó.

Eligió otro. Un vestido corto, negro, más de salir de noche que de ir a clase.

Se miró al espejo, se puso el labial que usaba cuando quería sentirse vista, y salió de la casa pensando en Andrés.

No pensó en Juan.

O más bien, pensó en Juan de último momento, mientras cerraba la puerta.

Pensó: “¿Y si viene hoy también?”

Y se le pasó esa idea por la cabeza como una mosca molesta, la espantó, y siguió caminando.

El momento en la rampa

Todo el mundo lo vio.

La universidad tiene esa entrada larga, con la rampa que sube hacia el estacionamiento de las motos, y a las cuatro y media de la tarde hay gente por todos lados.

Hay estudiantes caminando, hay vendedores de tinto y arepas, hay grupos sentados en las gradas, hay parejas discutiendo, hay gente fumando, hay música saliendo de un parlante chiquito.

Ese día, en esa entrada, pasó lo que pasó.

Dora venía bajando las escaleras del bloque C con Marcela y otras dos amigas.

Se estaba riendo de algo que había dicho una de ellas.

Tenía el pelo suelto, ese pelo que a Juan le gustaba tanto.

Y todavía no había visto la moto.

Marcela sí la había visto, y por eso se había quedado callada de un momento a otro.

Juan venía subiendo la rampa despacio.

Muy despacio.

La moto hacía un ruido ronco, viejo, de motor que ya lleva muchos años, y la cadena tintineaba cada vez que agarraba un bache.

Juan tenía puesto su casco negro, ya desgastado, con una calcomanía que se estaba despegando en un borde.

Venía con la misma chaqueta de siempre.

La camisa por dentro.

Los zapatos limpios.

Ese día se había peinado distinto, como si le importara llegar presentable.

Y cuando llegó hasta la mitad de la rampa, se detuvo.

No se bajó.

Se quedó ahí, con la moto encendida, buscando a Dora con la mirada entre toda la gente.

La encontró.

Dora estaba a unos cuarenta metros, bordeando las gradas, y en ese momento algo en su cara cambió.

Lo que Dora pensó antes de hablar

Hay cosas que uno piensa en medio segundo y que después no se puede quitar de encima.

Dora vio la moto.

Vio el barro en las llantas.

Vio la bolsa amarrada con cabuya en la parrilla.

Vio a Juan con su casco viejo y su chaqueta de siempre.

Y sintió algo que no quiso sentir.

Le dio pena.

Le dio pena que sus amigas vieran eso.

Le dio pena que viera esa moto la gente que estaba en las gradas.

Le dio pena que esa moto fuera la que llegaba a buscarla a ella, a la universidad, delante de todo el mundo.

Y en ese mismo instante, en ese medio segundo, se acordó de la moto de Andrés.

La moto negra, brillante, nueva.

La moto que sonaba como una moto de verdad.

Dora respiró hondo.

Y decidió.

No era la primera vez que lo hacía, pero sí fue la primera vez que lo hizo en público.

Antes siempre había sido en la esquina de su casa, con la excusa de que estaba cansada, con la excusa de que hoy no, con la excusa de que mañana sí.

Esa tarde lo hizo delante de todo el mundo.

Lo que pasó cuando Juan se bajó

Juan no se bajó porque tenía miedo.

Se bajó porque quería hacerlo bien.

Se bajó de la moto, la puso en el pata patas, y caminó los últimos metros hacia Dora con el casco en la mano.

Marcela y las otras dos amigas se quedaron quietas.

La gente que estaba por ahí miró de reojo, como se mira siempre cuando alguien llega a buscar a alguien.

Juan se paró frente a Dora.

Sonrió. Sonrió de esa forma en que sonríe alguien que está seguro de que va a decir algo importante.

Le dijo:

“Hola.”

Y Dora no le respondió.

Se quedó mirándolo, con los brazos cruzados, con esa cara que ponía cuando quería poner distancia.

Juan siguió:

“Vine a buscarte. ¿Vamos a la casa? Te puedo llevar. Hay algo que quiero decirte.”

Y Dora, mirándolo apenas, con la voz de alguien que ya decidió, dijo:

“No, Juan. Hoy no.”

Juan se quedó quieto.

“¿Por qué?”

“Porque no. Porque tengo cosas que hacer.”

Juan miró la moto. Después la miró otra vez a ella.

“Es la misma moto de siempre, Dora. No entiendo qué cambió.”

Dora no le respondió.

Pero sí le respondió una de sus amigas, la que estaba más cerca, la que no medía las palabras:

“Es que esa moto está muy vieja, gordo. ¿No ves cómo está? Parece que salió de un taller.”

Y se rió.

Se rió sola, primero.

Después se rió otra.

Dora no se rió. Pero tampoco la corrigió.

Las palabras que Juan no dijo

Hay algo que casi nunca se cuenta de estos momentos.

Lo que no dijo Juan.

Porque Juan tenía muchas cosas en la cabeza en ese instante.

Tenía en la cabeza que esa moto la había arreglado con sus propias manos.

Que la cadena la había cambiado él un domingo, con las uñas negras y la espalda mojada de sudor.

Que el asiento lo había mandado a forrar con la plata que ahorró durante tres meses.

Que la bolsa amarrada en la parrilla era porque le traía a Dora una empanada que su mamá había hecho esa mañana, porque Dora una vez le había dicho que las empanadas de su casa eran las mejores.

Que había pasado por el taller del barrio a que le revisaran los frenos, porque no quería que Dora fuera insegura.

Que había llegado temprano. Que llegó cuarenta minutos antes. Que se sentó en la esquina a esperar la hora, porque no quería llegar sudado.

Que tenía un papelito doblado en la chaqueta en el que le preguntaba si quería ser su novia, con la letra más bonita que había podido hacer.

Todo eso tenía Juan en la cabeza.

No dijo nada de eso.

Se quedó parado frente a Dora con el casco en la mano, mirándola como se mira a alguien que uno todavía quiere, y tragó grueso.

Después dijo algo simple:

“Bueno.”

Y se dio vuelta.

La moto que se alejó en silencio

Juan se puso el casco sin decir nada más.

Se subió a la moto.

Le dio arranque, y esa moto, esa moto que se veía humilde, esa moto sucia y vieja, arrancó al primer intento.

Como si estuviera de su lado.

Salió de la rampa con cuidado, porque había gente, y se perdió en la calle de abajo, con el ruido ronco del motor perdiéndose en el ruido del tráfico.

Dora se quedó parada donde estaba.

No se movió.

No dijo nada.

Marcela la miró.

Y Marcela, que era su amiga, que la conocía desde primer semestre, le dijo:

“Dora. ¿Qué acabas de hacer?”

Dora se encogió de hombros.

“Nada. No pasa nada. Es solo Juan.”

“Es solo Juan.” Así nomás lo dijo.

Como si Juan no fuera nadie.

Como si esa moto que se alejaba no fuera el único vehículo en el que Juan podía llegar.

Como si no hubiera estado esperando cuarenta minutos en la esquina para no llegar sudado.

Lo que pasó las siguientes semanas

Esa misma noche Dora salió con Andrés.

Andrés la pasó a buscar en la moto nueva, negra, brillante, con las luces LED encendidas y el escape sonando duro por toda la cuadra.

Dora se subió sin casco propio, con el casco que Andrés le prestó, y se fue riéndose, con el pelo al viento, sintiéndose por fin vista.

Fue a un sitio bonito.

Comió rico.

Tomó fotos.

Subió tres historias.

En ninguna salía Juan.

En ninguna salía la moto vieja.

Dora y Andrés empezaron a salir seguido.

En la universidad la empezaron a ver con él, en la moto nueva, y Dora caminaba distinto, con la espalda más recta, con la cara de quien siente que por fin está en el lugar correcto.

Marcela dejó de preguntarle por Juan.

Dejó de mencionarlo.

Porque un día le preguntó, a mitad de semestre, y Dora le contestó:

“Ya no. Eso se terminó.”

Y Marcela entendió.

Pero también notó cosas.

Notó que Andrés llegaba tarde muchas veces.

Notó que a veces ni llegaba.

Notó que Dora empezó a esperarlo en la entrada con el celular en la mano, como antes esperaba a Juan sin darse cuenta.

Notó que una vez Andrés pasó a recogerla con otra muchacha en la parrilla.

Notó que Dora se rió como si no le importara, pero se le aguaron los ojos.

Notó que dos meses después, Dora estaba en las gradas, sola, mirando el celular, con cara de estar esperando algo que ya no iba a llegar.

Y ese día, Marcela se atrevió a preguntarle:

“¿Y Juan?”

Dora tardó en contestar.

Se le quedó mirando el piso.

Y después dijo, bajito:

“No sé. Lo bloqueé.”

Lo que Juan hizo después

Juan no desapareció de la universidad.

Siguió yendo a clase.

Pero dejó de llegar en la moto de su papá a la rampa.

Empezó a llegar caminando, con la gorra puesta, con los audífonos, y se sentaba al fondo del salón con los mismos compañeros de siempre.

Nadie le preguntó nada.

Nadie le dijo nada.

Todos habían visto.

Todos sabían.

Y entre los estudiantes, en los grupos, en las conversaciones de pasillo, se empezó a contar la historia con distintas versiones.

Unos decían que Dora lo había dejado tirado por un tipo con plata.

Otros decían que Juan se había humillado solo, que se lo buscó, que uno no va a una universidad privada con una moto vieja a buscar a una muchacha que vive en un barrio distinto.

Otros decían que Dora era una interesada, y que ojalá un día se acordara.

Nadie sabía que Juan había arreglado esa moto con sus manos.

Nadie sabía del papelito.

Nadie sabía que la bolsa amarrada llevaba empanadas.

Nadie sabía que Juan, esa noche, llegó a la casa, se encerró en su cuarto, y le entregó el papelito a su mamá.

Su mamá lo leyó.

Lo dobló.

Se lo devolvió sin decir nada.

Y Juan lo guardó en el cajón de la mesa de noche.

Y ahí quedó.

Doblado cuatro veces.

Con la letra apretada.

Con la fecha escrita en una esquina.

Con la pregunta que ya nadie iba a contestar.

La llamada que nadie esperaba

Cuatro meses después de esa tarde en la rampa, un sábado por la noche, el celular de Dora vibró.

Marcela, que estaba con ella, vio cómo Dora tomaba el teléfono y se quedaba quieta.

La llamada era de un número que no tenía guardado.

Dora contestó.

Y del otro lado, después de un silencio largo, se oyó la voz de Juan.

No la voz de Juan enojado, ni la voz de Juan triste.

La voz de Juan de siempre.

“Hola.”

Dora no dijo nada.

Juan siguió:

“No te llamo para molestar. Solo quería decirte algo y ya. No te voy a volver a llamar.”

Dora se sentó en la cama.

“¿Qué cosa, Juan?”

“La moto. La vendí.”

Dora se quedó callada.

“La vendí a un muchacho del barrio. Buen precio. Ya no la necesitaba.”

Dora dijo, con la voz quebrada:

“¿Por qué?”

Juan tardó un momento.

“Porque aprendí una cosa. Aprendí que hay lugares donde uno no es bienvenido con lo que tiene. Y yo no quería seguir yendo a un lugar donde lo que tengo era un problema.”

Dora soltó un suspiro.

“Juan, yo…”

“No, Dora. No me interrumpas. Te llamo porque ya no estoy bravo contigo. De verdad. Ya pasó. Pero hay algo que te quiero decir, y después te cuelgo y no te vuelvo a buscar.”

Dora no dijo nada.

Esperó.

Juan respiró hondo del otro lado.

Y dijo:

“El día ese, el de la rampa, yo te llevaba una cosa. Una cosa en el bolsillo.”

Dora ya estaba llorando.

“¿Qué cosa, Juan?”

“Un papelito.”

Silencio.

“En el papelito te preguntaba si querías ser mi novia. Lo escribí tres veces. Lo hice porque ya no quería verte a escondidas. Quería presentarte en mi casa. Quería que conocieras a mi mamá. Ella te tenía una empanada hecha ese día, Dora. La empanada la llevaba en la bolsa amarrada en la parrilla. Y ya no te la pude dar porque no me quisiste llevar.”

Dora se tapó la boca con la mano.

“Y yo solo quería decirte eso. Porque me pasé cuatro meses pensando en qué hice mal. Y ya entendí. No hice nada mal. Y ya. Eso es todo.”

Dora, llorando, alcanzó a decir:

“Juan, yo quiero…”

Y Juan la interrumpió, con la voz tranquila, sin rabia, sin reproche, de la forma en que solo se puede hablar cuando ya se aceptó todo:

“No, Dora. Ya no. Yo te llamo para cerrar esto por dentro, no para volver a abrirlo.”

Y colgó.

Lo que Dora entendió cuando Juan colgó

Dora se quedó con el celular en la mano.

Miró la pantalla.

La llamada se había terminado.

Marcela, que había escuchado todo, se acercó y le puso la mano en la espalda.

Dora lloró.

Lloró de esas lloradas que solo salen cuando uno entiende lo que hizo.

Lloró por la moto sucia que había despreciado.

Lloró por las manos de Juan, con las uñas negras, cambiando la cadena un domingo.

Lloró por el casco que él le alcanzaba con las dos manos como si fuera una joya.

Lloró por las empanadas que no se comió.

Lloró por el papelito doblado cuatro veces que nunca vio.

Lloró, sobre todo, por haberlo hecho delante de todo el mundo, y por haberse reído, o al menos haberse dejado reír, ese día en la rampa.

Porque una cosa es no querer a alguien.

Y otra cosa es hacerlo sentir pequeño delante de gente que no lo quería.

Eso fue lo que Dora entendió esa noche, con el celular apagado y la habitación en silencio.

Marcela le dijo, sin crueldad, sin ganas de hacerla sentir peor, con esa franqueza que solo una amiga de verdad se permite:

“Dora, Juan no te dejó por la moto. Juan te dejó porque tú dejaste de mirarlo como él te miraba.”

Y Dora no contestó.

Pero asintió.

Porque era verdad.

Lo que pasó con Andrés

La historia de Andrés no terminó en boda.

Terminó como terminan muchas historias que empiezan con una moto nueva y un escape ruidoso.

Andrés se cansó.

Andrés conoció a otra.

Andrés empezó a llegar menos.

Y un día, sin discusión, sin escena, sin despedida, simplemente dejó de escribirle.

Dora se dio cuenta un jueves.

Estaba esperándolo en la entrada, con el casco de préstamo en la mano, y el mensaje que le mandó a las cinco de la tarde nunca le apareció como leído.

Se fue caminando sola a su casa esa tarde.

Y en la mitad del camino, en una esquina cualquiera, sintió algo raro en el pecho.

No era tristeza por Andrés.

Andrés le daba igual.

Era otra cosa.

Era la sensación incómoda de estar en el otro lado del espejo.

De ser ahora ella la que esperaba y no la esperaban.

De llegar a un lugar donde ya nadie la estaba esperando con el casco en la mano.

De caminar hacia su casa y saber que no había nadie en la esquina.

Y de acordarse, sin poder evitarlo, de Juan.

De Juan, que la esperaba todas las tardes con la misma moto vieja, con la misma camisa por dentro, con la misma cara de ganas.

De Juan, que nunca dejó de llegar.

Hasta que dejó de llegar.

Porque ella le enseñó que no tenía por qué llegar más.

Lo que Marcela contó después

Esta historia la cuenta Marcela cuando se reúne con los compañeros de la universidad, cuando ya ha pasado el tiempo, cuando las cosas se ven distintas.

La cuenta sin odio hacia Dora, sin idealizar a Juan, sin exagerar nada.

La cuenta porque le parece que es una historia que vale la pena contar.

Porque dice que hoy los muchachos van a la universidad con un celular en la mano y una idea equivocada de lo que vale, y que muchos confunden el valor de una persona con el valor de lo que trae puesto.

Marcela dice que Juan no era pobre.

Juan era pobre de cosas y rico en ganas.

Y que Dora no era mala.

Dora era joven y necia, como todos a esa edad, pero con la diferencia de que a ella le tocó aprender la lección frente a todo el mundo.

Frente a las gradas llenas.

Frente a sus amigas.

Frente a la gente que todavía se acuerda.

Marcela dice que lo que más le duele de esa historia no es que Dora haya rechazado a Juan.

Lo que más le duele es que Dora no haya sabido lo del papelito.

Porque si lo hubiera sabido ese día, tal vez, solo tal vez, hubiera hecho las cosas distintas.

O tal vez no.

Pero al menos hubiera sabido lo que estaba rechazando.

Y eso es lo que Marcela repite siempre, cuando termina de contar la historia:

“Uno puede rechazar a alguien. Eso es libre. Lo que no se puede es rechazarlo sin saber lo que esa persona traía para dar.”

El papelito que quedó guardado

Juan todavía tiene el papelito.

No lo botó.

No lo rompió.

No lo tiró por la ventana en una noche de rabia, como uno hace con las cosas cuando está dolido.

Lo guardó en el mismo cajón de la mesa de noche.

Doblado cuatro veces.

Con la letra apretada.

Dice que no lo guarda por Dora.

Dice que lo guarda porque ese papelito lo escribió él cuando todavía no sabía la lección.

Y que quiere tenerlo, ahí, doblado, para acordarse de que la lección se aprende una sola vez.

Dice que un día, cuando tenga un hijo, se lo va a mostrar.

Le va a decir:

“Mijo, vea este papelito. Esto lo escribí yo a los veinte años para una muchacha que me quería, pero que me quería solo cuando nadie la veía. Y yo aprendí que uno no tiene que pedir permiso para existir.”

Y que después va a doblar el papelito otra vez, y lo va a volver a guardar.

Porque las lecciones, dice Juan, cuando son de verdad, no se botan.

Se guardan.

Se guardan como se guardan las cosas importantes.

Como se guarda una moto vieja en el patio, tapada con un plástico, esperando a que alguien la vuelva a sacar.

La esquina donde ya nadie espera

Hoy en día Juan tiene una moto nueva.

No una de esas grandes.

Una moto normal, de trabajo, que compró con su propio esfuerzo, después de un año de ahorrar vendiendo cosas por internet.

La compró usada, otra vez, pero esta vez con su propia plata, con su propio nombre en el papel, con la satisfacción de mirarla y saber que es suya.

Y cuando la compró, el primer lugar al que fue no fue la universidad.

Fue a la casa de su mamá.

Se paró frente a la puerta, con la moto nueva, y le dijo:

“Mamá, mire. Ya tengo mi moto.”

Su mamá salió, se quedó mirando la moto un rato, y después lo abrazó.

Le dijo:

“Mijo, yo no le decía que no fuera a esa universidad porque esa muchacha no fuera para usted. Yo le decía eso porque usted se estaba olvidando de que usted vale más que cualquier moto.”

Juan la abrazó de vuelta.

Y en ese abrazo, con la moto nueva al lado, con el sol cayéndose en la esquina de la casa, Juan sintió que la historia se había cerrado.

Ya no había rabia.

Ya no había nada.

Solo un muchacho que había aprendido a quererse primero.

Y una esquina, en otra parte de la ciudad, donde ya nadie espera.

Lo que Dora aprendió para siempre

Dora, un tiempo después, escribió algo en su cuaderno.

Ella nunca lo publicó.

Nunca lo subió a ningún lado.

Lo escribió para ella.

Decía, más o menos, así:

“Yo rechacé a alguien por la moto en que llegaba, y después pasé meses esperando a alguien que llegaba en una moto mejor y ni llegaba. Y aprendí que el valor de una persona no está en la moto. Está en las ganas con que llega. Está en las manos con las que arregla lo que tiene. Está en las empanadas que lleva en una bolsa amarrada. Está en los papelitos que escribe tres veces antes de entregarlos. Está en las veces que vuelve, aunque uno no lo merezca. Y yo dejé ir a alguien que volvía siempre, por alguien que nunca volvió. Y eso, aunque me duela, lo tengo que decir: yo lo hice. Yo fui la que decidió. Yo fui la que se rió, o se dejó reír, no me acuerdo bien. Pero sé que no lo defendí. Y eso, para mí, pesa más que haberlo rechazado.”

Eso escribió Dora.

Y después cerró el cuaderno.

Y no volvió a escribir más.

Porque hay cosas que uno escribe una sola vez, para no tener que volver a escribirlas.

Y así termina esta historia

Así termina.

No con una venganza.

No con un regreso.

No con un “Juan se hizo millonario y Dora se arrepintió” ni con un “Dora lo buscó y él ya estaba casado”.

Termina así, sencillo, como terminan las historias reales.

Juan siguió su camino con una moto nueva, comprada con su propio esfuerzo, con su propio nombre.

Dora se quedó con la lección, en un cuaderno cerrado, con la letra apretada que ni Juan ni nadie va a leer nunca.

Y la moto vieja, la moto sucia, la moto humilde que un día subió la rampa de una universidad para buscar a una muchacha con el pelo suelto, ya no está en la parrilla de nadie.

Ya no está en el patio de la casa de Juan.

Ya está en otro barrio, con otro muchacho, con otra historia, con otra persona que tal vez sí la mire distinto.

Porque las motos, como las personas, van cambiando de manos.

Y las lecciones, dice Marcela, también.

Pero hay una cosa que no cambia, y que esta historia deja clara para quien la lea con calma:

Uno nunca sabe lo que una persona trae en el bolsillo cuando llega a buscarlo.

Uno nunca sabe si ese papelito doblado cuatro veces es la cosa más valiente que alguien escribió en su vida.

Uno nunca sabe si la bolsa amarrada en la parrilla lleva empanadas, o lleva un corazón, o lleva un “quiero estar contigo” que ya nadie más va a decir.

Y por eso, cuando alguien llega con lo que tiene, con sus manos, con sus ganas, con su moto vieja y su camisa por dentro, tal vez valga la pena bajar la vista un segundo.

No para ver la moto.

Para ver quién se baja de ella.

Porque la moto pasa.

La moto se vende.

La moto se oxida.

Pero las ganas de alguien que te busca todas las tardes con lo poco que tiene, esas no vuelven.

Esas no vuelven nunca.

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